Por Milton Olivo
La corrupción no siempre entra haciendo ruido. A veces llega en silencio, se sienta en la mesa familiar, se normaliza en la conversación cotidiana y termina por confundirse con el éxito.
No nace únicamente de la ambición desmedida de un individuo, sino de algo más hondo y perturbador: una crisis existencial de nuestro tiempo, donde la codicia ha sido colocada por encima del debido nivel de humanidad y de sensibilidad humana.
Mirada de cerca, la corrupción es el síntoma visible de una enfermedad más profunda. No es solo un problema legal, administrativo o institucional. Es, en esencia, una crisis de amor.
Porque cuando el amor se ausenta de la vida pública y privada, lo que queda es un terreno fértil para el abuso, la mentira y la traición. Recordemos que el amor no es una abstracción romántica.
El amor se manifiesta en la compasión frente al dolor ajeno, en la fraternidad que reconoce al otro como igual, en la justicia que busca equilibrio y dignidad, en la verdad que se niega a falsear la realidad y en la honradez que actúa correctamente incluso cuando nadie observa.
La ausencia de estas manifestaciones del amor es, sin duda, la raíz más profunda del problema de la corrupción. Sin embargo, algo está cambiando. Es evidente que el país vive un momento de transición moral y social. La reacción de la sociedad es cada vez más firme y menos tolerante frente a los actos que lesionan el bien común.
Al mismo tiempo, se percibe una mayor determinación de las autoridades para llevar ante la justicia a quienes han traicionado a su país, a la confianza depositada en ellos y, paradójicamente, al buen nombre de sus propias familias.
Porque la corrupción no solo roba recursos públicos: roba prestigio, hiere apellidos y deja una herencia de vergüenza que ningún dinero puede borrar. Aun así, para muchos, los parámetros de los valores han cambiado peligrosamente.
Hoy, una «buena familia» –según su lógica – no es necesariamente la que se distingue por su honradez, su decencia y su ejemplo moral, sino aquella que exhibe riqueza, sin importar cómo fue obtenida.
Para esa visión distorsionada, el dinero se convierte en el mejor legado posible, desplazando la ética, el honor y la integridad. Tengo la impresión de que el capitalismo, más allá de imponerse como sistema económico, se ha instalado en muchos como una filosofía existencial.
En ese proceso, algunos han unificado sus valores personales con los valores más crudos del sistema: acumular para enriquecerse, enriquecerse para consumir más, consumir más para aparentar éxito.
El resultado es una vida orientada al tener, no al ser. Esa lógica termina ignorando los valores cristianos, los valores humanos universales y las cualidades que han impulsado a los mejores seres humanos a lo largo de la historia.
Son precisamente esos valores los que nos legaron nuestros patricios y héroes libertadores, hombres que entendieron que la libertad política carece de sentido sin libertad moral.
Entre ellos, destaca con luz propia Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria, quien no solo luchó por la independencia nacional, sino que reflexionó profundamente sobre el deber del hombre ante sus semejantes y ante Dios.
Duarte entendió que una nación no se sostiene únicamente con leyes y ejércitos, sino con ciudadanos virtuosos, capaces de anteponer el bien común a sus intereses personales.
La corrupción, en última instancia, es una derrota del amor en la vida pública y privada de los individuos que se dedican a robarse los recursos de todos. Combatirla exige más que cárceles y expedientes judiciales: requiere una reconstrucción ética, una pedagogía del ejemplo y una recuperación urgente de los valores que nos humanizan.
Porque solo cuando la compasión, la justicia, la verdad y la honradez vuelvan a ocupar el centro de nuestra vida colectiva, podremos decir que hemos comenzado a sanar.
